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En Strathmore
Fatuma Hirsi Mohamed cursa un MBA en la Strathmore Business School, una obra corporativa del Opus Dei en Nairobi (Kenya). Actualmente, es directiva del “Nation Media Group’s” (un grupo de comunicación) y presidente de la “Public Relations Society” de Kenia.
Cuando las primeras personas del Opus Dei llegaron a Kenia, San Josemaría les animó a impulsar iniciativas de educación en las que cupieran todas las personas: de cualquier raza y religión.
Casi 50 años más tarde, Fatuma Hirsi Mohamed, de religión musulmana, ha iniciado un Máster.
Fatuma es madre de cuatro niños. Además es directivo del principal grupo de comunicación del país. Pero no sólo: también es presidenta de la Sociedad de Relaciones Públicas de Kenia, miembro de la Advertising Standards Board y de la Marketing Society de Kenia y colabora con un proyecto solidario que pretende distribuir ordenadores en todas las escuelas del país.
Estás cursando un MBA en Strathmore University. ¿Por qué has elegido ese centro educativo, habiendo otras tantas posibilidades?
Hace tres años, comencé un MBA a distancia -Warwick Business School, una de las mejores del mundo-, pero no podía combinarlo con el resto de ocupaciones. Así que lo dejé. Fue la primera vez en mi vida que dejaba algo que había empezado. Sin embargo, me prometí que lograría el sueño de conseguir un MBA. El sistema de la Strathmore University me gustó, así que decidí realizarlo. Realmente estoy muy satisfecha de mi elección.
Las mujeres musulmanas sois casi el 4% de la población de Kenia. Moviéndote en tantos ámbitos, ¿eres consciente de que eres una referencia para mucha gente?
Sí, conozco bien cómo me marcan mi religión y mi género. Procedo de la etnia somalí, una tribu de pastores que habita en el Kenia Nororiental. Entre mi gente, muchas veces la educación de los niños se descuida un poco, especialmente la de las chicas. Me considero una afortunada, porque mis padres me dieron las mismas oportunidades que a mis hermanos.
En un país predominantemente cristiano, el hecho de poder relacionarme con tanta gente me ha llevado a tomarme más en serio mi responsabilidad hacia las niñas que no pueden acceder a la educación. Por eso, hemos fundado una ONG llamada Gargaar Kenia para facilitar el acceso a las escuelas de muchas jóvenes del país.
San Josemaría, inspirador de Strathmore Univesity y Kianda College, quiso que estas iniciativas en Kenia estuviesen abiertas a personas de todas las razas y religiones. Tú has podido experimentarlo…
Efectivamente. Recibí un curso de Secretaría bilingue en Kianda, donde aprendí cosas que realmente me son útiles: a mecanografiar, a asesorar equipos, a gestionar una oficina. Actualmente, en la Strathmore Bussines School sigo apreciando la misma dedicación profesional y amabilidad humana. Nunca me han tratado de manera diferente por ser de una religión diferente a la que inspira estas iniciativas.
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DESARROLLO Y ASISTENCIA Desarrollo y asistencia es una ONG de voluntariado que trabaja en Madrid. Sus voluntarios dedican parte de su tiempo a acompañar a enfermos en los hospitales, a personas mayores solas en sus domicilios o residencias, a chicos discapacitados, a "sin techo" y marginados de la ciudad, y a enfermos terminales con esperanza de vida muy corta.
02 de marzo de 2007 “Yo llevo once años en esta ONG -cuenta Elvira Bernardo de Quirós, Directora de Voluntariado-. Comenzamos un pequeño grupo de veinte personas, muy ilusionadas. Poco a poco hemos ido creciendo hasta la situación actual, en la que contamos con cerca de mil doscientos voluntarios. Si no fuera por ellos, la ONG no podría salir adelante por mucho que nos esforzáramos los que trabajamos en la sede.
Es una maravilla poder contar con tantas personas bien dispuestas, y aprender tantas lecciones de generosidad, porque saben encontrar tiempo entre sus muchas obligaciones familiares y profesionales. He aprendido mucho de los voluntarios y de las personas que atendemos: por ejemplo, a no crearme necesidades”.
Yo llevo sólo dos años –comenta María del Valle Pinaglia- y lo que al principio era una tarea de voluntariado se ha convertido en mi trabajo profesional. Este trabajo me ha dado la oportunidad de hacer realidad mi deseo de ayudar a los demás. Hasta ahora, como tantas personas, sólo había colaborado en campañas puntuales, por ejemplo las que se organizan cuando hay algún desastre… Deseaba hacer más y de forma continuada, y eso lo encontré en DA.
A lo largo de estos años de trabajo he descubierto unas realidades muy distintas a la que nos presentan los medios de comunicación, que se centran con tanta frecuencia sólo en la presencia del mal en el mundo. Además del mal, existe el bien: hay muchas personas generosas que se desviven para ayudar a los otros. Lo que sucede es que el bien es silencioso y el mal suele produc¡r mucho ruido.
Eso no me lleva a diferenciar el mundo en “buenos” y “malos”, sino a constatar una realidad: el voluntariado ayuda a sacar de cada persona, con sus virtudes y defectos, lo mejor que tiene dentro.
Durante este tiempo he visto a muchos hombres y mujeres, voluntarios de todas las edades, que trabajan con esfuerzo para poner cariño en el trato con las personas necesitadas. Tienen con ellas detalles de auténtico amor, aunque esa palabra a algunos les pueda parecer cursi. No se trata de acciones puntuales y aisladas, sino de una atención continuada, semana tras semana, con las mismas personas, con las que acaban estableciendo unos lazos de cariño muy fuertes.
Dirijo el Programa de Atención a chicos con discapacidad. Unos les acompañan en sus salidas de ocio y tiempo libre o les atienden en sus domicilios. Aprendemos muchos de esos chicos que conservan una alegría llamativa en medio de sus limitaciones. Son particularmente agradecidos y tienen muchos deseos de vivir y de aprender. Sólo necesitan un poco más de ayuda por parte de todos. Estamos apoyando cada vez más a las familias de esos chicos.
Voluntarios
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Del ala izquierda del pollo al dulcísimo precepto del Decálogo 21 de febrero de 2007
Todos los días, cuando me levanto, me vienen a la memoria dos hechos: el primero tiene que ver con San Josemaría, cuando habla en sus escritos del amor que debemos tener los miembros de la Obra y todos los cristianos al cuarto mandamiento de la ley de Dios. San Josemaría lo llamaba “el dulcísimo precepto del Decálogo”; el segundo hecho, fue una intervención radiofónica que tuve en los años ochenta. Los invitados a la tertulia no tenían quizá las ideas muy claras sobre la Obra. Yo llamé por teléfono y puntualicé una serie de cuestiones que me parecían interesantes. Uno de los tertulianos me dijo en un momento de la conversación:
- Todos los miembros del Opus Dei tienen carrera universitaria....
- Pues yo trabajo en un matadero de aves. Mi encargo es quitar la carne al ala izquierda del pollo, le contesté.
- ...
Y así iba la cosa hasta que de nuevo alguien señaló que a los miembros de la Obra se les separa de sus padres. En ese momento mi madre, que escuchaba la conversación y es agradablemente de armas tomar, agarró el teléfono y dijo:
- Yo soy la madre de este chico, ¿algún problema?...
En fin, han pasado los años desde esta segunda anécdota: alrededor de 25 años. La vida ha cambiado, y mis padres, gracias a Dios siguen viviendo conmigo. Digo conmigo, porque hasta hace tres años, yo vivía con ellos.
En el año 2002 me fui a Pamplona para hacer un doctorado y preparar la tesis doctoral. Para ello dejé de vivir con mis padres después de 42 años. Yo soy Licenciado en Filología Hispánica y trabajaba entonces en un colegio de Jaén.
Mi madre estaba un poco delicada de salud, pero el médico de familia me decía que los síntomas que padecía eran los típicos de las personas mayores. Después de hablar con ellos, llegamos a la conclusión que me podía desplazar a Navarra para completar mis estudios. Mis padres tenían entonces 78 y 79 años.
A los dos años y medio de residir en Pamplona mi padre sufrió una trombosis cerebral, se le quedó inmovilizada la parte derecha del cuerpo, y a mi madre, después de analizarla un especialista, le diagnosticaron Alzheimer en una fase bastante avanzada.
En vista de lo que ocurría a mis progenitores dejé los estudios de Pamplona y me volví a mi ciudad natal para cuidar de mis padres. He vuelto a mi trabajo de profesor en el colegio Altocastillo, pero sólo por las mañanas. He pedido reducción de jornada, ya que por las tardes y noches cuido de mis padres. Mientras yo estoy en el colegio, una señora que tengo contratada cuida de ellos y cuando vuelvo del colegio recojo el testigo hasta el día siguiente a la hora de irme a trabajar.
Mi padre, gracias a nuestro Padre, San Josemaría, se ha recuperado de una forma milagrosa. Ha recuperado la movilidad y es autónomo. Los médicos todavía no se lo creen, porque me dijeron que se quedaría postrado en una cama hasta su fallecimiento. Ahora no necesita ayuda para nada, pero tampoco me ayuda en nada.
Mi madre va perdiendo facultades poco a poco. Necesita vigilancia las 24 horas del día y hay que hacérselo todo: levantarla, asearla, darle de comer, etc. Ya no conoce a nadie, y a veces no sabe dónde está y se pone muy nerviosa. Entonces aprovecho para intentar calmarla y la saco a pasear en una silla de ruedas. Estuve una temporada que por las noches no dormíamos nada, a veces, cuando se ponía nerviosa la sacaba a la calle, aunque lloviera, tronara, hiciera frío, calor, etc.
Los que padecen esta enfermedad, los especialistas no saben el porqué, durante las horas de la tarde se ponen más inquietos, entonces tengo que cargarme de paciencia, e intentar calmarla y distraerla, porque no hay medicinas que la tranquilicen. El médico me dice que lo mejor es intentar distraerla, que la trate como a un niño de 3 años. Y eso es lo que hago.
Siguiendo la recomendación de San Josemaría lo más importante que puedo hacer ahora es cuidar de mis padres, como ellos lo hicieron de mí cuando era más joven. Cuidando de mis padres estoy haciendo el Opus Dei, porque veo en ellos a Jesucristo y cuando estoy cansado o agobiado miro la cruz del Señor y recuerdo la cita de Mateo: “El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame ” (Mt. 16, 24).
A medida que pasa el tiempo y me voy haciendo más mayor, por lo que veo en el colegio y por lo que me cuentan mis amigos y conocidos de edad más avanzada, veo que no soy un mártir, porque hay gente que está peor que yo. A estas personas intento animarlas y que vean en ello la cruz del Señor.
En el pueblo donde resido somos trece mil habitantes, y casi todos nos conocemos, hemos creado una asociación de Alzheimer. El ayuntamiento nos está dando toda clase de facilidades para sacar adelante la asociación, y nos hemos puesto en contacto con los sacerdotes del pueblo para que atiendan espiritualmente a nuestros enfermos.
Cuando voy por la calle mis paisanos me paran y me preguntan por mis padres, a la vez que me animan y felicitan por la labor que estoy haciendo con ellos, yo entonces me acuerdo del dulcísimo precepto del Decálogo del que hablaba San Josemaría y de mi intervención en el programa de radio.
Gabriel Robledillo Amezcua es agregado del Opus Dei
Gabriel Robledillo Amezcua
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La sonrisa de Africa Dos investigadoras del CIMA de la Universidad de Navarra reparten medicinas y material escolar en Gambia
13 de febrero de 2007
Natalia López Andrés y Cristina Natal Gorgojo, investigadoras del Centro de Investigación Médica Aplicada (CIMA) de la Universidad de Navarra, junto con otros 9 navarros, buscaban en una agencia de viajes un destino de vacaciones para el puente foral. No habían pensado en un país en vías de desarrollo como destino, pero decidieron probar y compraron un billete a Gambia, donde permanecieron entre el 30 de noviembre y el 7 de diciembre.
Antes de la fecha de partida, buscaron información sobre el país en Internet y descubrieron la ONG “Colores de África”. “Esta organización pide a los turistas que van a Gambia que aprovechen el viaje para llevar cosas que la población necesita. Esto nos ayudó a priorizar. En vez de llenar la maleta de ropa, la llenamos con material escolar y medicinas”, explica la bióloga Natalia López.
“Pedimos ayuda a nuestros amigos y también aprovechamos el material que nos dan en congresos y otros eventos. Además, la madre de un compañero de laboratorio tiene una farmacia y nos facilitó los medicamentos”, señala Cristina, licenciada en bioquímica.
La sonrisa de África
Se alojaron en Serekunda, ciudad situada al oeste del país, pero visitaron, con la ayuda de dos guías, escuelas y guarderías donde existe un alto índice de pobreza. También fueron a una de las zonas más deprimidas, Coconut Island. A pesar de la miseria, tanto Natalia como Cristina señalan que Gambia “es un país diferente” y destacan, sobre todo, “las ganas de vivir de la población”. “Hablan de Gambia como la sonrisa de África y hemos podido comprobar que es cierto. La gente es fantástica y a pesar de su pobreza son muy, muy generosos. A todos nos ha hecho pensar mucho”, comenta Cristina.
Las dos investigadoras trabajan en el laboratorio de Hipertensión y Metabolismo del área de Ciencias Cardiovasculares del CIMA de la Universidad de Navarra. Después de este viaje solidario, han decidido repetir experiencia y pasar sus próximas “vacaciones” de Semana Santa en Gambia. “Volveremos con otra mentalidad, porque conocemos el país. Esta vez llevaremos mapas del mundo, pizarras, cosas que sabemos que no tienen los niños…”. Mientras preparan este viaje, en el que también participarán los otros nueve navarros que les acompañaron en el primero, su objetivo es promocionar esta nación: “Cuando nos marchamos, la gente nos dijo: ‘Ahora sois los embajadores del país’”, recuerda Natalia.
A continuación ofrecemos un texto publicado en el “Diario de Navarra” en el que se cuenta como Natalia y Cristina consiguieron enviar:
15 toneladas para Gambia
NATALIA López Andrés (soriana de 27 años) y Cristina Natal Gorgojo (leonesa de 30) conocieron Gambia en un viaje del 30 de noviembre al 7 de diciembre. Desde entonces, estas dos investigadoras del CIMA de la Universidad de Navarra sólo piensan en buscar los medios humanos y económicos para ayudar a los habitantes del país conocido como la sonrisa de África.
El 22 de enero, un lector de Diario de Navarra que había visto un reportaje publicado dos días antes sobre el viaje de las jóvenes a Gambia les llamó para hacerles una oferta que no rechazaron.
Solidaridad anónima
«Nos dijo que tenía preparado un contenedor de 15 toneladas con material quirúrgico, medicinas, ropa, calzado y comida y que nos lo regalaba para que lo mandásemos a Gambia. Nos contó que, desde hace años, él reúne material y se lo da a alguna ONG. Hemos estado con él y hemos visitado el almacén en el que guarda el contenedor, pero no quiere que se sepa quién es. Ahora nos toca a nosotras movernos para conseguir el dinero necesario para mandar el contenedor a África», relató.
Enviar el contenedor en barco a Gambia y transportarlo allí en camión cuesta unos 6.000 euros. «Contamos con el problema de que en Gambia no hay camiones tan grandes para transportar 15 toneladas. Tendríamos que alquilar uno en Senegal y llevarlo a Gambia», indicó López.
Llegada a Gambia el 5 de abril
López y Natal tienen previsto que tanto ellas como el contenedor lleguen a Gambia el próximo 5 de abril. «El contenedor lo mandaremos 15 días antes para que llegue a la vez que nosotras. Todavía no hemos confirmado cuántos vamos a ir, pero seremos bastantes porque además de varias personas de Navarra, País Vasco, Zaragoza o Madrid con las que coincidimos en Gambia y con las que mantenemos contacto, varios compañeros del CIMA nos han dicho que quieren ir», recordó López llena de entusiasmo.
Moneda oficial de GambiaPara conseguir los 6.000 euros, las dos jóvenes iniciaron una campaña el mismo 22 de enero. «Hemos abierto una cuenta en Caja Navarra con el nombre de La sonrisa de África para que todo aquel que lo desee ingrese dinero. También hemos editado un cartel que estamos pegando por toda Pamplona y enviando a todos nuestros conocidos para que lo envíen a más gente».
Barça y Osasuna
Natalia López es una gran seguidora del Fútbol Club Barcelona, al que no dudó en pedir ayuda. «En Gambia había muchísimos niños con la camiseta del Barça y yo me hice fotos con todos. Se me ocurrió mandarlas al club para ver si podían enviarnos camisetas y balones para que las llevemos a Gambia. Sorprendentemente, nos contestaron que sí el mismo día. Y, aprovechando que este domingo vienen a Pamplona a jugar contra Osasuna, hemos quedado con representantes del club para que nos den el material».
Por su parte, el club rojillo, a través de la Fundación Osasuna, también ha respondido afirmativamente a la propuesta que les hicieron las dos investigadoras y también donará camisetas y balones que viajarán a Gambia.
Cursos solidarios
Pero las ideas de López y Natal no terminan ahí. Estas dos jóvenes también han conseguido involucrar a varias entidades deportivas para que organicen cursos solidarios para recaudar dinero y alcanzar así los 6.000 euros. «El Spinning Club va a organizar en marzo en la A.D. San Juan, en el Polideportivo de Berriozar y en el gimnasio León de la Rochapea cursos solidarios de spinning.
También hemos mandado una invitación a todos los monitores de spinning de España animando a realizar el mismo evento y, de momento, ya nos han contestado de forma positiva desde Zaragoza», señaló López ilusionada, quien añadió: «Estamos muy agobiadas con todo lo que se ha montado porque cuando salimos de trabajar nos pasamos el día mandando e-mails, llamando por teléfono y quedando con gente para comentarles nuestra iniciativa. Pero sabemos que todo nuestro esfuerzo es poco. En Gambia nos trataron con muchísimo cariño y amabilidad. Sabemos cómo viven allí y no podemos.
Cristina Natal Gorgojo y Natalia López Andrés
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Historia de un marino Carlos Navarro Revuelta, Vicealmirante del Cuerpo de Ingenieros de la Armada española, cuenta su historia
30 de enero de 2007
Una imagen fija
Me lo contó muchas veces. Durante la maniobra de proa un marinero estuvo a punto de caerse al agua y él se abalanzó rápidamente para salvarlo; pudo sujetarlo, pero con tan mala fortuna que estuvo a punto de perder la pierna izquierda, que se le había quedado apresada entre la cadena y el cabrestante.
Esto debió suceder allá por 1920. A raíz de esa desgracia, mi padre pasó a la escala de tierra y en 1934, tras una breve estancia en Ferrol –donde nací yo- otra en Avilés y otra en La Coruña, nos vinimos a Madrid.
Una desgracia… Sí; fue evidentemente una desgracia, aunque a lo largo de mi vida he ido viendo que Dios nos muestra su amor también a través de esos sucesos que calificamos como “desgracias” y que nos cambian la vida. Desde luego, la vida de mi padre cambió por completo, y con ella, la de toda la familia.
Ahora juzgo aquel suceso de otra manera. Y más que una desgracia lo considero como uno de esos sucesos que Dios permite para nuestro bien. Fue, por decirlo de algún modo, como una imagen fija (congelar la imagen, se dice ahora) de toda la singladura de su vida. Cuando pienso en mi padre me lo imagino en ese momento crucial, abalanzándose para salvar al marinero y roto de dolor, con la pierna destrozada. Porque aquello no fue un hecho aislado, sino una constante de su existencia. Murió siendo capitán de navío en 1974.
Cuando uno llega a estas edades piensa mucho en sus padres, en su infancia, en el sentido de la propia vida… Yo me esfuerzo en recordar algunas palabras de mi padre, algún consejo, alguna directriz, y caigo en la cuenta de que no me dio prácticamente ninguna. No era un hombre de consejos, sino de ejemplo personal. Una persona íntegra, con muchas virtudes humanas. No era demasiado religioso, pero era extraordinariamente bueno y honrado, limpio y noble, de alma y de palabra. Cuando había alguna conversación improcedente que pudiese rozar lo inmoral, la cortaba con decisión. "-¡Ya salió don puro !", le decían de broma. A mí me hizo mucho bien esa pureza interior, esa coherencia profunda de su alma.
Y nos vinimos para Madrid, estaba contando. En 1934 me llevaron al Colegio del Pilar. Años después comprobé que era un gran colegio, pero al principio no pensaba del mismo modo. Aún resuenan en mis oídos las carcajadas de mis compañeros de clase cuando una mañana, enfilé, decidido, la puerta de salida.
-¡Navarro! ¿A dónde va usted? –me preguntó el profesor.
-¡A mi casa! –le contesté, con toda la rotundidad de mis seis años. Y remaché:
-¡Me voy a mi casa, porque me gusta más estar allí que aquí!
Guardo una deuda inmensa con aquel colegio, donde recibí una magnífica formación académica, humana y cristiana. Aprendí a vivir una vida de piedad sincera, aunque todavía “tutelada”. Luego diré por qué empleo esa expresión.
Acabé el bachillerato en 1944 y logré superar, gracias a Dios, aquel terrorífico Examen de Estado en el que varios catedráticos de universidad nos examinaban muy serios y con cara de pocos amigos desde las alturas de una mesa. Allí, bajo la tarima, uno se sentía como un pigmeo…
Al año siguiente ingresé en la Escuela Naval. En el tercer curso, año 1948, estuve embarcado en el Elcano, haciendo viajes muy interesantes por el Atlántico: Canarias, Río de Janeiro, Cartagena de Indias, Cabo Verde… Salí alférez de navío en 1950 y me destinaron primero al Méndez y luego al Legazpi, al Miguel de Cervantes y al Martín Alonso Pinzón.
Ignacio
Ese periodo fue tan intenso como feliz, en el que conocí a varias personas que han tenido una gran influencia en mi vida. Una de ellas fue Ignacio Martel, un gaditano que era el segundo comandante de otro barco. Era un hombre singular, muy preocupado por los subordinados. Durante siglos, la marinería, para descansar en sus ratos libres, no tenía otra posibilidad que irse a pasear por la cubierta. Y a Ignacio se le ocurrió crear el Hogar del Marinero, un espacio donde los marineros pudieran estar a gusto, charlar y jugar a las cartas. A partir de entonces, en todos los barcos que se construyen se dedica un espacio para el Hogar.
Ignacio era un buen cristiano y gracias a él comencé a realizar actividades de asistencia social. Le acompañaba en sus visitas a personas necesitadas de El Ferrol, encuadradas en las Conferencias de San Vicente. Yo tenía muy presente el ejemplo de mi padre, y me inclinaba a participar en todo lo que significase ayudar a los demás.
En aquel tiempo había dado ya el salto desde la “piedad tutelada” del colegio hasta una vida de oración personal; lo que se podría llamar una “piedad responsable”. Si no se da ese salto es muy difícil avanzar…
En la capilla de la Escuela Naval, que estaba siempre abierta, me acercaba cuando podía para hacer un rato de oración junto al Santísimo. Era una capilla pequeña, situada en un lugar precioso, con una vista espléndida de la ría de Pontevedra.
Me fue bien en los años de Escuela Naval. Gracias a la buena base académica que había recibido en el colegio era uno de los primeros de la promoción y podía ayudar, como es costumbre en la Escuela, a los compañeros que van peor.
Un curso de retiro en La Estila
Mi primer contacto con el Opus Dei fue en 1950, estando yo embarcado en Ferrol. Asistí, con otros compañeros, a un curso de retiro en Santiago de Compostela, en el Colegio Mayor La Estila, que nos predicó don Federico Suárez, muy buen sacerdote y gran historiador. Aquel curso de retiro nos impactó especialmente.
Asistía con algunos compañeros a reuniones de formación cristiana. Esas conversaciones sobre Dios durante mi juventud me hicieron muchísimo bien, porque aprendes cosas que no se te olvidan nunca. Y tiempo después me hice cooperador del Opus Dei, animado por otro marino, Rafael Caamaño, que posteriormente fue ordenado sacerdote.
A partir de entonces he procurado cooperar y ayudar al Opus Dei, porque conozco la labor maravillosa que hace la Obra con todo tipo de personas.
Conocí a mi mujer cuando estaba destinado en Cádiz. Nos casamos, en 1958. Entonces yo era teniente de navío y vivía en Génova, donde me habían destinado dos años antes, para que obtuviese el título de ingeniero naval en la Facultad de Ingeniería de la Universidad. Así que durante los primeros años de casados estuvimos viviendo en Italia. Durante ese tiempo asistía a algunos retiros espirituales en Milán y hablaba con un sacerdote del Opus Dei, don Luigi.
Al terminar mis estudios en Génova, ya con una hija, estuve unos años destinado en Ferrol y Madrid. En ese periodo nacieron otros cuatro hijos.
En 1966 me destinaron a Washington como agregado naval adjunto, para colaborar con la marina americana en un programa de construcción en España de barcos de proyecto americano. Regresamos a España en 1970, cuando me nombraron Jefe del programa de las Fragatas Baleares.
Y así fue pasando la vida. Los hijos fueron creciendo, y ascendí a Contralmirante en 1982, como Subdirector de Construcciones Navales, y a Vicealmirante en 1986. Un año después trabajé como asesor del Presidente de Bazán, y en 1993 pasé a la segunda reserva. Desde entonces soy un jubilado.
Voluntario en DYA, Desarrollo Y Asistencia
Y cuando me disponía a ejercer como tal y a disfrutar del merecido descanso, me llama un amigo, Rafael de Ojeda, y me propone colaborar en una ONG, DYA, Desarrollo y Asistencia, que presidía Jose Maria Sáenz de Tejada, para ayudar a personas solas y necesitadas en sus casas, y a enfermos en los Hospitales.
“¿Y ahora qué hago?” –me pregunté. Y concluí: “Siempre que me han propuesto ayudar a los demás he dicho que sí. Con mas razón debo hacerlo ahora, que tengo mas tiempo”. Y me apunté a un cursillo de preparación de esa ONG, en la que participan algunos miembros y cooperadores del Opus Dei. Los del cursillo empezaron diciéndonos que los voluntarios íbamos a recibir más de lo que podíamos dar… Al escuchar esas palabras pensé para mis adentros que era las frases típicas de comienzos de cursillo; lo que se le dice al novato para venderle la burra.
Luego descubrí que estaba equivocado: es verdad, los enfermos te dan mucho más a ti de lo que tú les puedas aportar a ellos. Yo llevo diez años atendiendo a los enfermos en el Hospital Clínico y estoy totalmente enganchado, super-enganchado, como dirían mis nietos. En el Hospital llevas una bata blanca, con un brazalete donde pone: voluntario, y vas conversando con los enfermos y ayudándoles en lo que puedes, especialmente con los que están solos y no tienen a nadie que los visite. A menudo basta con escucharlos.
Recuerdo que durante una temporada acompañaba a dar paseos por el pasillo, a una señora mayor que estaba muy sola. Un día, al entrar en la habitación, la encontré guardando sus cosas en una bolsa porque le habían dado el alta. Intercambiamos algunas frases de despedida. Al terminar se puso seria, me miró y me dijo: “Y que usted siga repartiendo cariño”. Confieso que me emocioné.
Es verdad: los enfermos te dan mucho más a ti que tú a ellos. Es lo que me comentó, antes de dejar su habitación, un enfermo que tocaba el clarinete en la Banda Municipal de Madrid.
-Ustedes, los voluntarios, no saben el bien que nos hacen, pero nosotros aquí –me dijo, llevándose la mano al corazón- lo sabemos muy bien.
Los enfermos son muy agradecidos. Un día me llamó una asistente social para que ayudase a comer a una señora con tumor cerebral. En mitad de la comida me hizo un gesto, intentando hablar.
-¿Quiere que le parta la carne en trocitos más pequeños? –le pregunté.
Movía la cabeza diciendo que no, al tiempo que intentaba articular una palabra. Yo no lograba entenderla.
-¿Qué quiere usted? ¿Agua? ¿Pan?
Ella seguía moviendo la cabeza hasta que, al cabo de un rato, haciendo un gran esfuerzo con la boca, logró articular estas dos palabras:
-Mu-chas gra-cias
Mis nietos
Y a eso es a lo que me dedico ahora, además de la atención, junto con mi mujer, a mis hijos y nietos. Los hijos trabajan todos mucho, tienen poco tiempo libre y, con frecuencia, necesitan ayuda. Y es que, como decía un amigo mío: “Cuando nace un hijo, se sube sobre tus hombros y ya no se baja”.
Tengo nueve nietos, la mayor parte todavía pequeños, y procuro ayudarles en lo que puedo, algo que no tiene demasiado mérito para un abuelo, porque se disfruta muchísimo con ellos. Procuro llevarlos y traerlos al colegio, algo que he hecho con mis hijos, colaborando con mi mujer. Pienso que ésa es la misión de los abuelos: ayudar a los hijos a criar a los nietos, teniendo siempre presente que no nos corresponde a nosotros educarlos, sino a sus padres. Pero debemos darles buen ejemplo.
Hace poco oí decir a un abuelo: “¡pues si mis hijos se creen que yo voy a hacer de taxista de mis nietos, van listos!”. Sigo dándole vueltas a la frase y no la entiendo. A mí me parece que en esta vida estamos para ayudar a los demás, haciendo de taxista o de lo que sea. ¡Y más si son tus nietos!
Un verano vi desde el jardín de mi casa a un muchacho al que no le arrancaba la moto. Salí y estuvimos probando, una y otra vez, hasta que arrancó. Al terminar, una nieta mía me preguntó: “Abuelo: ¿y tú conocías a ese chico? Al contestarle que no, exclamó: “¡Es que tú ayudas a todo el mundo!”.
Claro que estas cosas sólo se entienden bien desde una visión trascendente de la vida. Por eso, cuando me correspondió decir unas palabras en los Actos de las Bodas de Oro de nuestro ingreso en la Escuela Naval Militar de Marin, les hablé a los alumnos y compañeros de promoción de mis vivencias en los años allí transcurridos, y entre otras, cosas, de los ratos que había pasado rezando en la capilla. No sé si fue algo adecuado para un acto de ese tipo, pero me pareció importante contarles mi experiencia, porque a mí, esos ratos personales de oración durante mi juventud me han dejado una huella indeleble.
En estas edades de la vida, echas la mirada atrás y te das cuenta de que la existencia es una continua encrucijada de síes y noes, en las que tienes que decidir constantemente: “¿me voy o me quedo?”. Ante las dificultades tendemos a reaccionar como yo, cuando quería marcharme del Colegio de pequeño…
Le doy gracias a Dios porque me ha ido poniendo personas a mi lado que me han propuesto hacer el bien y me han ayudado a hacerlo: mis padres, Ignacio Martel, mis amigos del Opus Dei… Y sobre todo mi mujer, de una fe clara y firme que me ha servido de ejemplo e impulso.
Evidentemente, mis respuestas han sido siempre decisiones libres. Yo pude haber dicho que no y quizás ahora me encontrase solo sin que nadie me echara una mano, porque sueles recoger lo que siembras…
Carlos navarro Revuelta
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Estoy en la fase "A" de los abuelos Jaume Pujol es padre de siete hijos y tiene cinco nietos. Este barcelonés, supernumerario del Opus Dei, nos explica la experiencia de sacar adelante una familia, y sus primeros pasos en el papel de abuelo Hace ya muchos años, hacia 1959 o 1960, cuando fui por primera vez por un centro del Opus Dei, el Palau, me dijeron: “Mira Jaume: tú verás lo que haces, porque aquí nadie te va llamar para que sigas viniendo para formarte”. Y es curioso: aunque hasta aquel momento yo no había sido constante en nada, comencé a ir regularmente por allí a los medios de formación cristiana, sin que nadie me lo recordara, especialmente a las meditaciones que predicaba un sacerdote ya fallecido, don Remigio Abad, que tenían lugar los sábados por la tarde.
Poco después me eché novia y comencé a salir con la que ahora es mi esposa. Al principio no sabía qué hacer, porque yo deseaba seguir asistiendo a las meditaciones de las tardes de los sábados, y las novias suelen pedir esas tardes “en exclusiva”… Se solucionó cuando ella comenzó a ir a Pineda, un centro para chicas, donde también tenían meditación los sábados por la tarde. Durante ese tiempo nos planteamos los dos por nuestra cuenta la posibilidad de ser del Opus Dei. Hablamos del asunto y quedamos en que cada cual decidiría lo que quisiera y que no hablaríamos más del tema hasta que nos hubiéramos casado. Y aunque ese tipo de acuerdos entre novios no suelen cumplirse casi nunca, en nuestro caso se cumplió. En otros temas no; y nos pasó como a tantos novios, que hablan de todo menos de lo más importante... Pero a eso me referiré más adelante. La vida es así. Por ejemplo, nosotros no queríamos un noviazgo largo y por unas cuestiones y otras, estuvimos seis años esperando a casarnos. Y aunque hablamos de mil cosas durante ese tiempo –porque seis años dan para mucho-, no hablamos nunca, por ejemplo, de temas tan vitales como sobre si deseábamos tener muchos hijos o pocos.
Durante el viaje de novios pasamos por Roma, donde nos recibió San Josemaría. Fue un encuentro decisivo para los dos. Nos preguntó de forma muy cariñosa por nuestros padres y por nuestro viaje de novios, y nos comentó que se conocía Europa como los pasillos de su casa, porque había viajado por muchos países por razones apostólicas. Luego nos estuvo hablando del matrimonio con una claridad inusitada, con gran sencillez y profundidad.
Cuando nos despedimos de él, recordé en lo que habíamos quedado siendo novios y le pregunté a mi mujer: “oye, por cierto, ¿y tú qué?” Y ella me dijo: “pues sí, yo soy del Opus Dei, ¿y tú?”. “Yo, no” -le respondí. Y seguimos hablando de otro asunto. Ahora me doy cuenta de lo decisivo que fue aquel encuentro con san Josemaría, porque colaboro con cursos de orientación familiar desde hace años, y no he olvidado nunca sus palabras.
Pero en el Fert, entidad donde colaboro, no sólo hablamos de los hijos: los hijos son importantes y la vida conyugal también; porque hay muchos casados que desean que les hablen del matrimonio de forma clara, realista, y al mismo tiempo, positiva. En esos cursos de orientación familiar animo a los matrimonios a que dialoguen mucho entre ellos, porque a algunos les sucede como a nosotros cuando éramos novios: no hablan a fondo de las cuestiones verdaderamente importantes. Yo, por ejemplo, me sorprendí cuando éramos padres de cuatro hijos –que a mí me parecían muchísimos- y mi mujer me dijo que deseaba tener más. Tuvimos siete, y uno de ellos se nos murió muy joven, en un accidente de tráfico. Es algo muy duro para unos padres, algo muy difícil de entender…
A mí me ayudan mucho esas palabras de san Josemaría, cuando comentaba que durante esta vida sólo vemos la parte trasera del tapiz, llena de nudos… En el Cielo, veremos la otra parte, las maravillas que Dios ha hecho en nuestra vida sin que nos demos cuenta y comprenderemos por qué las ha querido o las ha permitido; porque todo es para bien…
Cuando nos casamos nos fuimos a vivir a la Guineueta, en Nou Barris, donde está Brafa, una obra corporativa del Opus Dei con la que toda mi familia ha tenido mucho contacto. En Brafa he recibido aliento y estímulo para sacar adelante una familia numerosa como la mía, que en los tiempos que corren no es fácil… pero no es algo imposible: ¡no exageremos!
Algunos conocidos me dicen: “pero, hombre, ¡siete hijos! eso es imposible, eso no puede ser”; y yo les digo: “mira, no me digas que es imposible y que no puede ser, porque en mi casa, que es un piso de 75 metros cuadrados con un único cuarto de baño, ha sido; y hemos vivido nueve personas durante muchos años muy contentos y sin ningún tipo de crisis especial. Y somos gente bastante normal”. En la última comida familiar nos juntamos diecisiete, y un hijo mío nos dijo que estaban esperando un hijo. Nos hizo muchísima ilusión. Ya tengo cinco nietos y pronto serán siete. Estoy, por lo que me dicen, en la fase A de los abuelos. Mis amigos con nietos hablan de una primera fase, en la que aún te puedes tirar al suelo para jugar con los nietos; y la fase B, en la que tienes la misma disposición de siempre, pero la edad te va pasando factura y al cabo de dos horas con ellos acabas agotado...
Yo al principio no lo entendía, pero ahora lo voy comprendiendo, porque no son lo mismo sesenta que setenta… Esos diez años se notan. Mientras pueda, procuraré estar todo lo posible con mis nietos, porque eso es muy bueno para la familia.
En cuanto a mi familia, es una familia cristiana normal, en la que hemos procurado educar a los hijos en un clima de libertad. Por eso, hay temas que no se tocan, como a quién votan o a quién dejan de votar. Y procuramos que todos se respeten entre sí, incluso en cuestiones como el fútbol, que en Barcelona levanta pasiones. Ahora un hijo mío está saliendo con una chica que es muy, muy del Español, mientras que su hermano es acérrimo del Barça. No sé que vamos a hacer…
Jaume Pujol
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Mi trabajo en el Banco de alimentos Vivo en las Palmas de Gran Canaria, donde he trabajado hasta que me jubilé. Y entonces me encontré con el problema de tantos jubilados: estaba bien de salud, gracias a Dios, y tenía mucho tiempo que no sabía como emplear. Hasta que un hijo mío, José Juan, que es sacerdote numerario del Opus Dei, me propuso:
-Papá, y ahora que te has retirado, ¿qué vas a hacer? ¿Por qué no pones en marcha un banco de alimentos?
Al principio no le entendí, porque para mí un banco era un lugar exclusivamente relacionado con el dinero: un banco “de alimentos” no me entraba en la cabeza. Pero le dije que por probar no pasaba nada; además, yo soy de Intendencia de la Armada, y los alimentos y los dineros son mi especialidad.
Empecé a contactar con algunos amigos. La mayoría son buenos cristianos, como Agustín Blázquez; y algunos, cooperadores del Opus Dei, como yo mismo. En todo caso, coincidimos en la visión cristiana de la vida y el deseo de ayudar a los demás.
Nos pusimos en contacto con algunas empresas de mayoristas y les pedimos que nos donaran alimentos. Aceptaron y comenzaron a llegar alimentos de muy diversas clases, que repartíamos entre quince unidades asistenciales. Y por decirlo de algún modo, nos convertimos en los mayoristas de esas Ongs y esos centros de asistencia.
No hemos hecho nunca ningún tipo de discriminación. Esto lo he aprendido en el Opus Dei: se trata de ayudar a todas las personas sin distinción, sea cual sea su modo de pensar. Como decía san Josemaría: ¿Por qué no podemos ir del brazo de una persona que piense distinto de nosotros?
Ahora colaboramos con setenta unidades asistenciales de todo tipo, desde Asociaciones de mujeres maltratadas, a iniciativas de la iglesia Evangélica, pasando por Cáritas Parroquial o los hogares de los Hermanos Franciscanos de la Cruz Blanca. Son obras sociales muy variadas, promovidas en unos casos por religiosos, como el Monasterio Benedictino, las monjas Carmelitas; o la residencia de ancianos de Genoveva Torres; o por entidades de Ayuda al Menor; o de carácter local, como Las Palmas Acoge.
Cuando solicitan ayuda nos informamos bien de sus necesidades, de los medios que cuentan y a qué tipo de personas atienden. Con el tiempo hemos ido adquiriendo experiencia y tenemos un cierto contacto con las autoridades locales, como la Alcaldesa y el Presidente del Cabildo, que disponen de presupuestos para atender necesidades sociales y han colaborado a poner en marcha la pequeña infraestructura que necesitábamos. Pero seguimos necesitando ayudas, porque esto sigue igual que nació, promovido por grupo de amigos sin recursos suficientes. Al principio comenzamos como pudimos, y era yo el que pagaba todos los gastos de mi bolsillo. Esto fue algo excepcional, para poner esto en marcha; además, yo vivo de una pensión y no nado en la abundancia.
Pero se empieza como se puede. No teníamos local: nos daban los alimentos y lo entregábamos sobre la marcha a las doce o trece entidades asistenciales que atendíamos.
Luego, a medida que fue subiendo el número de entidades atendidas nos pusimos a buscar una oficina y un pequeño almacén, donde podamos tener los alimentos uno o dos días, porque la situación del Archipiélago hace que el Banco de Alimentos tenga unas características especiales. Aquí se reciben muchos alimentos de la Península, de Palencia, de Venta De Baños, de muchos sitios; y cuando los comerciantes no logran vender los productos alimenticios y ven que se acerca la fecha de caducidad, nos los dan, porque no les compensa llevarlos de vuelta a la Península. Nosotros les ponemos una condición que se cumple inexorablemente: los alimentos tienen que estar en perfectas condiciones de consumo y sin haber rebasado nunca la fecha de caducidad.
Julián Becerro es cooperador del Opus Dei y vive en Las Palmas de Gran Canaria. Cuando se jubiló puso en marcha el Banco de Alimentos en su comunidad, con el deseo de ayudar a entidades asistenciales de todo tipo.
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Buenos días, esperanza.- "Algunos días cuando me levanto -cuenta Pilar Fernández-Loza, una madre de familia asturiana, en su testimonio- y pienso en la enfermedad de Cayetano, mi marido, me inunda una sensación de tristeza que me recuerda aquella canción de Edith Piaf: Buenos días, tristeza. Pero rectifico enseguida y le pido ayuda a Dios para decir: Buenos días, esperanza".
"Acabamos de celebrar las bodas de oro. Por eso tengo la casa más bonita que nunca, con estos ramos de flores y estos regalos de mis hijos. Mi hijo vive en Bilbao y tiene dos hijos, de diecisiete y catorce años. Mi hija vive en Estados Unidos y tiene dos, de trece y ocho años. Durante la celebración, en la que comimos rico y lo pasamos muy bien, mi nieta María me estuvo preguntando por mi boda. Empecé a contarle que el abuelo y yo nos casamos el 12 de Octubre de 1956, en Covadonga, junto a la Santina, y fue muy emocionante. Y también muy divertido, porque cuando salía del Hotel Pelayo y me dirigía hacia la Gruta me avisaron que esperara un ratín, porque estaban poniéndole el manto blanco a la Virgen y colocando los gladiolos blancos sobre el altar, como habíamos pedido. Y durante ese tiempo se me acercó un obispo, muy solemne, con solideo y capa púrpura -vendría de alguna ceremonia supongo- y me preguntó:
- Pero hija mía, ¿dónde vas vestida así?
Y yo le dije con todo respeto:
- Pues señor obispo, es evidente: ¡me voy a casar!
En fin; les estuve contando los recuerdos habituales de las Bodas de Oro de cualquier matrimonio que tenga la alegría de celebrarlo.
Nuestras Bodas de Oro han sido, como diría yo... algo especiales. Antes pensábamos que cuando fuéramos mayores tendríamos los típicos achaques, la tensión alta o cosas así. Ahora, algunos días, cuando me levanto y pienso en su enfermedad, me inunda una sensación que me recuerda aquella canción de Edith Piaf: Buenos días, tristeza. Pero rectifico enseguida y le pido ayuda a Dios para identificarme con su Voluntad.
Cayetano lleva enfermo desde hace diez años. El primer síntoma fue la Navidad de 1996, cuando fuimos a Bilbao a visitar a mi hijo. A la vuelta venía conduciendo y se perdió en dos ocasiones. Yo me quedé extrañada, porque se conocía la carretera como la palma de la mano. A partir de entonces empezó a tener dudas y distracciones. Bajaba, compraba el periódico y lo dejaba sobre la mesa, sin abrir...
- Pilarina (me decía, a la asturiana, aunque él es de Almería), algo me está pasando...
Un día, en la primavera del 98, se puso a hacer la declaración de la renta, como todos los años. Ejercía como auditor de banco y no sabía hacerla... Hasta que dijo: "vamos al médico".
Era Alzheimer.
Desde entonces ha ido perdiendo progresivamente la memoria, y eso es muy duro, porque está... pero no está. Un día, durante una reunión, comentaban cómo van cambiando de expresión, de gesto, cómo van perdiendo la mirada... -"Quizá -les dije yo-, pero los ojos de mi marido siguen siendo azules".
Yo procuro darle todo el cariño que puedo y no me tengo que esforzar, porque gracias a Dios hemos sido un matrimonio muy afortunado: nos hemos querido mucho y nos seguimos queriendo, aunque ahora él no pueda expresarlo. A veces, le acerco mi mejilla a sus labios, y aunque tarda en reaccionar, siempre me acaba dando un beso.
Hemos sido muy felices en nuestro matrimonio, aunque no nos han faltado penas. Se nos murió un hijo con diecinueve años. Pero hemos tenido siempre la fuerza, el consuelo de la fe. Además, hemos recibido la gracia de la vocación. Somos supernumerarios del Opus Dei desde finales de los sesenta.
Cayetano se decidió poco antes que yo. Ahora siento mucha alegría al recordar que nunca le puse dificultades cuando se iba unos días de curso de retiro, por ejemplo, y yo me quedaba en casa sola con los niños. Yo no era del Opus Dei, pero pensaba: "ésto es bueno para él; y si es bueno para él, es también bueno para mí".
Luego, cuando me hice del Opus Dei, él tampoco me puso ningún obstáculo; al contrario, me ha ayudado siempre en mi vocación, gracias a la cual hemos recibido tantas orientaciones buenas para la educación de nuestros hijos, para nuestra relación humana y espiritual.
Desde luego, la vocación es de lo más maravilloso que nos ha pasado, y si Cayetano estuviera bueno, también lo diría. Esto lo he sabido siempre, pero ahora lo palpo con las manos, sin forofadas de ningún tipo. Estamos recibiendo cariño a raudales. Vienen, me alientan, me animan... Hay un sacerdote que viene a verle con frecuencia, y aunque no se sabe hasta qué punto comprende, su presencia es muy buena para él y para mí. El otro día, para mi aniversario de boda, me trajeron ese ramo de crisantemos y me puse a llorar. "¿Pero, Pilar, por qué lloras?" -me preguntó una. Le expliqué que también se llora de alegría, al ver esas delicadezas que tiene la Obra; esas muestras de cariño que son como si te envolvieran en una bufanda de cachemir...
Son delicadezas de madre: yo perdí a la mía a los tres años, y me criaron dos tías que han sido dos madres para mí. Murieron las dos con más de cien años y me estuvieron ayudando y confortando, por medio del teléfono, hasta el último momento. A mí me daba muchísima pena no poder ir a verlas desde Madrid, a causa de mi situación, pero ellas me decían: "No te preocupes: ahora, tu primera obligación es cuidar de tu marido; y la segunda cuidarte tú".
Por eso, siempre que acudo a un medio de formación, aunque me planteen metas muy exigentes de vida cristiana, doy las gracias. Cuando me preguntan por qué lo hago, como soy asturiana y me gusta hablar claro, contesto: "¡porque me estáis ayudando!".
Naturalmente, hay aspectos del espíritu del Opus Dei que me ha costado vivir, y cosas que no comprendo a la primera. También le doy gradias a Dios por eso: he ido ganando en docilidad a la Voluntad de Dios, y Dios me ha ido preparando para esto...
Me han ayudado a ver el amor de Dios en todo esto, a intentar encariñarme con esta enfermedad, a sonreir y a estar contenta, aunque tenga mis sesiones de llantos, pero sin amargura, con sosiego, con paz. Es mi forma de ser fiel a Dios y de serle fiel a Cayetano en estos momentos.
Yo pertenezo a una ASociación de Familiares con Alzheimer, AFAL, y formo parte de un grupo de cuidadores de personas con esta enfermedad, que procuramos ayudarnos entre nosotros, porque nuestra situación es muy difícil y dura. AFAL funciona muy bien: nos orientan, nos confortan, nos dan afecto y nos fijan metas; y contamos con las orientaciones de un psicólogo para el grupo, que nos anima a cuidar de nosotros mismos para transmitirle al enfermo el propio bienestar.
Porque esta enfermedad tiende a aislarte de los demás y las amistades vienen menos a verte, quizá como autodefensa: es tan triste contemplar a una persona que se va apagando lentamente...
Yo a Cayetano le hablo mucho, aunque no me puede contestar y no sepa si me comprende del todo. Y siempre, cuando regresa del centro de día, ayudado por otra persona, salgo a esperarle a la puerta de la calle, como cuando éramos novios.
Ahora, cuando pienso en aquellos años, me da mucha alegría haber tenido un noviazgo cristiano: se lo agradezco mucho a Dios. Me parece que en estos momentos gran parte de la juventud desconoce el verdadero amor. El otro día, cuando mi nieta María me preguntaba por mi boda, le conté algo personal, muy íntimo quizá, pero que refleja el modo de ser de Cayetano. Lo cuento, por si puede hacer bien a alguna persona. La primera noche tras la boda quisimos pasarla en Covadonga, en un hotel de finales del siglo XIX que tenía una habitación con una ventana desde la que se veía la Santina. Y al acostarme, bajo la almohada, me encontré una carta. Era un detalle de delicadeza muy suyo.
Habíamos sido novios durante cuatro años, y casi todo nuestro noviazgo fue por carta, porque él era de Almería y yo de Gijón, y entonces ni las comunicaciones ni las posibilidades económicas eran las de ahora. Total: que nos habíamos visto relativamente poco, aunque durante cuatro años nos habíamos escrito todos los días: to-dos-los-dí-as. En esa carta, la primera de casado, me manifestaba todo el amor que me tenía, su alegría por haber recibido el sacramento del matrimonio, y su deseo de serme fiel durante toda la vida.
Hace unos años no hubiese contado estas cosass. Pero ahora las digo, porque hay jóvenes que lo reducen todo a pura biología y eso no dura, no puede durar. Nosotros, gracias a Dios, teníamos clarísimo en aquellos momentos, por nuestra formación cristiana, que el matrimonio es un ssacramento y un camino de santidad; que nos casábamos para siempre y con todas las consecuencias.
Recuerdo que hace años, cuando vivíamos en Bilbao, Cayetano tenía que viajar mucho a causa de su trabajo, y me contó que, después de hacer una auditoría, no recuerdo ahora en qué ciudad, había ido con el equipo de auditores a tomar una cervecina a un bar. Era un grupo de solteros y casados. En el bar se encontraron con unas chicas y empezaron a hablar. Unas chicas normales. Todo normal. Al día siguiente, volvieron, y al ver que estaban las mismas chicas, él se despidió. -¿Por qué te vas? -le preguntaron-. Porque yo tengo una mujer que me está esperando en Bilbao, -les dijo-. Ya digo que no había pasado nada en especial: pero él decía que en esas circunstancias de soledad hay que ser especialmente cautos y saber alejarse a tiempo.
Recuedo con qué cuidado preparaba las auditorías, quería hacerlas lo mejor posible, para ofrecérselas a Dios. Y siempre, antes de entregarlas me pedía consejo sobre tal ó cual expresión. -"¡Pero si yo no tengo ni idea de banca!" -le decía yo-. -"Sí, pero las mujeres sois más delicadas que los hombres -me explicaba-, y sabéis decir lo mismo de forma más amable. Yo quiero decir la verdad, pero sin herir a nadie. Anda, léete esta frase, a ver si se puede decir mejor".
¿Esto son tonterías? Pienso que no: es coherencia cristiana. ¿Y de dónde salía todo esto? Está claro: de lo que rezaba, del espíritu del Opus Dei que vivía... y que vive ahora, porque esta enfermedad también es Opus Dei, Obra de Dios.
Esto que voy a contar ahora sí que puede parecer una tontería: tengo un bol en la cocina para la sal y un día se me ocurrió escribir en él: "la sal de la tierra", que es una idea que me gusta mucho. ¡Pues Dios se sirve hasta de estas tonterías! El otro día mi nieta María entró en la cocina y me preguntó: "abuela ¿y esto que significa?" Y antes que yo le contestara, su padre le explicó que eran unas palabras del Evangelio. Fue algo muy pequeño, pero yo descubrí que Dios se sirve de cualquier medio, por pequeño que parezca, para remover a los demás. Como esos pequeños detalles de cariño que son tan importantes. "-¿Y le cuidan?", me preguntó un día mi hijo, refiriéndose a las personas del Opus Dei. "No, -le expliqué- a tu padre le cuido yo, que soy la que tengo que cuidarle. A tu padre le quieren".
Pilar Fernández-Loza, una madre de familia asturiana
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Con los que no pueden ver ni oir Vicente Franco Gil trabaja en una Asociación sin ánimo de lucro ubicada en Aragón (España) dedicada a la asistencia de personas sordociegas. En ella también prestan atención a sus familias, y a los profesionales que les cuidan -sus verdaderas manos y oídos-. Este es su testimonio.
Los sordociegos son aquellas personas que no pueden emplear ni la vista ni el oído. Las entradas comunicativas de estas personas se reducen a los signos que introducen otras manos sobre las propias. Su mundo empieza y acaba en las yemas de sus dedos y en su piel.
La primera vez que conocí a un sordociego adolescente, apenas me rozó con su mano, y sin saber siquiera quién era yo, se arrojó a mi cuello abrazándome fuertemente, su única posibilidad de mostrar alegría y cariño. Entonces fue cuando de verdad le escuché. Oí que me decía: “Ayúdame, que en soledad no puedo vivir, dile a la sociedad que existo, que no me abandonen, que tengo mis derechos, que puedo sentir, que puedo vibrar, que puedo compartir, que mi alma, aunque me pesa, rebosa de esperanza, que estoy aquí...”.
Realmente fueron instantes únicos, sencillamente estremecedores, en los que su vida súbitamente se introdujo en la mía. Esta experiencia me transformó, trazó un horizonte nuevo para mi existencia. Acto seguido me vinieron al pensamiento aquellas palabras que relata el Evangelio: “Señor, ¿cuándo te cubrimos, te alimentamos, te visitamos, te asistimos (...)? Nuestro Señor respondió: Cuando con cada uno de estos vuestros hermanos más débiles y pequeños lo hicisteis, conmigo lo hicisteis”.
Y sentí mucha paz.
Procuro trabajar con ilusión todos los días para el beneficio de las personas sordociegas, esforzándome en terminar bien las tareas y cuidando las cosas pequeñas. Trato de ser un instrumento en las manos de Dios, y cuando llego a casa y recapacito en la labor que presto, alzo los ojos al cielo y digo: “Señor soy torpe y aún así confías en mí. Te doy gracias y te pido perdón por los muchos errores que cometo a lo largo del día. Mañana lo haré mejor, ayúdame a conducir a mis hermanos débiles”.
Nunca faltan las encomiendas a San Josemaría y a D. Álvaro del Portillo, a los que siempre tengo en mi presencia espiritual. Y les pido ayuda para santificarme en lo ordinario de cada día, para mejorar las condiciones de vida de las personas sordociegas en todo el mundo, y lograr el desarrollo máximo de todo su potencial intelectual, humano y social.
Además de ansiarla yo mismo, procuro involucrar en esta empresa a las instituciones públicas, a la sociedad y a las propias personas sordociegas, acompañadas de sus familiares y amigos. Hacen falta, porque no existen, centros residenciales de referencia y unidades de respiro para poder alcanzar estos fines. Y a ello me dedico en cuerpo y alma.
Vicente Franco Gil
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“El impulso de Juan Pablo II y don Álvaro del Portillo me ayudó mucho en mi trabajo” Ana María Álvarez, especialista en pediatría oncológica y fundadora de Andex (Asociación de Padres de Niños Oncológicos)
Ana Mª Álvarez es leonesa de nacimiento, aunque lleva desde los nueve años en Sevilla. Ha sido, hasta este año, jefa de la Unidad de Oncología Pediátrica del Hospital Universitario Virgen del Rocío, profesora de la Facultad de Medicina y académico correspondiente de la Real Academia de Medicina de Sevilla. Además es agregada del Opus Dei y, actualmente, vicepresidenta de Andex.
-¿Cómo surgió la idea de la Asociación de Padres de Niños Oncológicos?
Andex nació en 1985 tras conocer la experiencia estadounidense de una asociación similar. Reuní a una serie de padres y salió a la primera, a pesar de que la mayoría de los compañeros no le veían futuro a la iniciativa. Al comentarle esta idea a don Álvaro del Portillo, entonces prelado del Opus Dei, me animó y me dijo que haría mucho bien a los niños y a los padres. También han sido muy alentadores mis encuentros con Juan Pablo II. He podido contarle anécdotas de los niños y enseñarle pequeños álbumes de fotografías con las actividades que Andex realiza con ellos. Las miraba detenidamente, pasaba las hojas, y me daba su bendición para los niños, para sus padres y para Andex. Además me han contestado siempre de su parte a las cartas que le he enviado. Puedo decir que el impulso del Papa y de don Álvaro del Portillo me ha ayudado mucho en mi trabajo en la asociación.
-¿Cómo conoció el Opus Dei? ¿Qué fue lo que más le llamó la atención de su mensaje?
En mi formación cristiana influyeron mucho mis padres y también estudiar en un colegio de religiosas. Pronto supe que Dios quería algo de mí, pero no sabía qué. El último año de colegio leí un libro de un sacerdote del Opus Dei (Jesús Urteaga) que me ayudó. Después, leí “Camino”, de San Josemaría Escrivá y su famoso primer punto -“Que tu vida no sea una vida estéril. Sé útil, deja poso…” - se convirtió para mí en un leit motiv pero todavía no conocía la Obra.
En el Instituto donde cursé bachillerato tenía compañeras que iban a un centro del Opus Dei y me invitaron a medios de formación cristiana. Allí descubrí que ese era mi camino. Me atraía mucho la idea de que los cristianos debemos ser como una inyección intravenosa o como una transfusión sanguínea en el torrente circulatorio de la sociedad. Entonces ya estudiaba Medicina.
-¿Qué relación tienen la vocación profesional y la vocación al Opus Dei?
El Opus Dei refuerza la vocación profesional. Es extraordinario hacer lo que a uno le apasiona y saber que te puedes hacer santo con ese trabajo, ofreciéndolo todo a Dios. Este es el meollo del mensaje del Opus Dei.
Lo importante no es el trabajo en sí sino santificarse a través de él. En mi campo concreto, significa dar lo mejor de mí misma a enfermos y familiares: ser una buena profesional y saber comunicarme con ellos, ponerme en su lugar, aliviar, consolar, ayudar. Esto no sólo les ayuda a ellos, sino que también me enriquece a mí. El médico debe estar científicamente preparado y además ser humanamente cercano. Con respecto a los colegas, es preciso estar abiertos a otras aportaciones. Ser humildes, consultar a otros… Se necesita dedicar tiempo a estudiar los casos difíciles, profundizar en la investigación y procurar, mediante la docencia, que los colegas que se están formando aprendan. En una ocasión leí que lo ideal para un maestro o para un investigador es que los que le siguen comiencen precisamente donde él ha alcanzado su plenitud. Si todos hiciéramos esto, el mundo iría de otra manera.
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Un horizonte nuevo. Cuando vivía en Irán tuve noticias del Opus Dei a través de mi hija Shailani. El encuentro con los libros de San Josemaría, abrió un horizonte completamente nuevo en mi vida, aprendí que Dios no es un ser distante, sino que podía tener una relación constante con Él como un Padre. Empecé a experimentar una libertad completa. Coopero sobre todo con la oración, para que muchas personas lleguen a este descubrimiento.
Savita B. es profesora de hindi en Nueva Delhi, India
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Congenio con ese fin. Por ser judío, creo en Dios y, por tanto, en el hombre y su espiritualidad. Cualquier iniciativa guiada por motivos espirituales más que materiales, tiene automáticamente mi ayuda. Ser cooperador ha sido para mí una gran ayuda, mi vida se ha enriquecido y no me ha supuesto ningún problema con respecto a mi condición de judío.
Ben H. es médico y vive en Sydney, Australia.
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Un tesoro en las manos. Estaba en Bouaké, en la universidad, cuando enfermé de leucemia. Tuve que ir a Abidjan al tratamiento, y una amiga me invitó a un retiro. Al pasar el tiempo, gracias a la formación que he recibido, me fui dando cuenta de que mi enfermedad es un “tesoro” y me dije a mí misma que podría cooperar con mis oraciones, que podría ayudar a llevar a muchas almas a la santidad.
Victorine K. estudia Informática en la Universidad. Vive en Abidjan, Costa de Marfil.
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